–¿Sí, Qué?
–Nata es enserio.Te lo juro. ¡Haz algo! ¡sino lo descuartizo yo misma!
Sin pronunciar palabra, la chica de ojos verdes colgó el teléfono y dejó caer tantas lágrimas sobre su rostro que la almohada que abrazaba quedó empapada de tristeza. Sentía que el mundo chocaba sobre su cabeza, y su mente sólo lanzaba preguntas irreflexivas: ¿Qué pasó?, ¿por qué me hizo eso? Cuestionario que jamás iba a tener respuestas que la llenaran.
Entonces, sonó el teléfono inalámbrico casi dañado, con el mismo ruido molesto al intentar hablar por él, del que se quejaban todos:
–Aló.
–No sé por qué me juzgas. Eres una egoísta, ¿por qué siempre piensas en ti? ¿en mi nunca lo haces, verdad? ¿para qué?
–¡Cállate!, aquí el único egoísta eres tú. Yo era prácticamente tu mujer ¿y ahora me sales con esta huevonada?
– ¡Hijue’ puta Natasha! ¡Me cansé de pensar en ti siempre, y tú no haces nada por recuperar esto!– Decía el hombre gritando.
La chica de ojos verdes pensó dos veces decirlo, pero lo sacó. Se escuchó como un trueno en aquella casa la voz afectada por los cambios de clima a raíz del calentamiento global:
–¡Sí, soy una egoísta! porque solo pienso en ti sabiendo que eres una lacra. Nunca vas a cambiar. Se acabó. ¡A mí no me jodas más la vida!
Colgó ella. Con más rabia aún, y sin lograr asimilar algo que jamás había experimentado. Encendió el computador y el módem para tener acceso a Internet. Sabía que en el Facebook lo podía comprobar (Todos conocen la eficacia informativa de esta herramienta).
Sonó el típico ruido que avisa cuando alguien te habla por el chat:
Sonó el típico ruido que avisa cuando alguien te habla por el chat:
–¡Es un pollerón Nata!
–¡Lo odio amiga!
–Me duele ser portadora de malas noticias, pero yo misma los vi con estos ojos de lince. Es más, hasta les tomé foto con mi Blackberry.
–No quiero ver a ese imbécil. ¡Lo odio! Vecina, ¿estás en tu casa?
–Sí, sabes que sí. ¿Por Qué?
–Voy para allá. Quiero ver la foto. No vayas a salir. ¡Ah! cuando toque el timbre sales tú a abrirme. No quiero que tu hermano me vea en estas condiciones.
–Todo bien Nata. Sabes que no hay problema con eso. Aquí te espero, pero no demores. Me estresa esperarte, porque dices "en una hora" y llegas después de pito.
–Dale, no te sulfures– Dijo la de ojos verdes.
Ella corrió hacia el domicilio de su vecina, la que vivía a cinco casas, aunque hablaban más por el Messenger y el Facebook que cara a cara, era su vecina favorita. La amistad cibernética era costumbre de pocos años atrás, algo nuevo.
Tocó el timbre. El hermano de la vecina favorita vio desde la ventana de su pieza los ojos verdes que toda la vida lo habían hipnotizado, así que corrió a abrirle.
– ¿Por Qué llorabas? Tienes los párpados muy hinchados.
–Yo no estaba llorando– dijo con la voz quebrada y mirando hacia ningún lado.
–Te conozco Naty.
–No me digas "Naty", sabes que me emputa que lo hagas, suena a sobrenombre de alguien débil.
–No quiero que sufras. Odio verte así.
–No quiero hablar de eso. Odio que te metas en todo.
–Hola amiga– Interrumpió la vecina la incómoda conversación.
Fingiendo una sonrisa, Natasha preguntó si podía pasar. Al mismo tiempo, Pablo regresaba a su lugar de origen sin dejar de mirar a su musa cada tres segundos.
Fingiendo una sonrisa, Natasha preguntó si podía pasar. Al mismo tiempo, Pablo regresaba a su lugar de origen sin dejar de mirar a su musa cada tres segundos.
–Amiga, mi mamá esta merodeando por aquí, tú sabes como es de chismosa.
– ¿Y entonces? – Preguntó desesperada y agitando sus manos.
–Hablemos mañana por la mañana. Te contaré todo lo que vi con lujo de detalles, ¿dale?
–No joda, ¿Para eso me hiciste venir?– Cuestionó con sus ojos verdes.
–Es que no recordaba el pequeño detalle de “mi mamá”.
–Todo bien. Te quiero mucho amiga.
–Y yo a ti.
–Gracias por avisarme. Bye.
–Era lo menos que podía hacer– Dijo acariciándole la cabellera negra.
–¡Chao, Natasha!– Se escuchó desde la pieza del hermano de la vecina favorita.
La chica de ojos verdes sólo lo observó con su mirada aguda, queriendo matarlo por tan osado acto.
–Respóndele, no lo trates tan mal ¿qué te ha hecho?
–Chao, Pablo– Dijo forzando su boca a pronunciar esas palabras.

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