sábado, 7 de mayo de 2011

La mujer perfecta

La miré de lejos por primera vez, y pensé, es sexy, me gusta, y lo mejor de todo, no es físicamente perfecta.


Esa noche soñé que yo era su amiga y que me invitaba a viajar por el mundo dando shows. Mostrando el trabajo que ella me enseñaría a ejercer. Revelandonos a todos los seguidores de este arte.

Llegó el jueves, la gran noche que ansiosa esperaba para ver a Glow otra vez. Y mientras me vestía para el encuentro, pensé porqué ella lograba atrapar mi entera atención. Llegué a la conclusión de que no era humana. En realidad yo no era la única persona que se sentía así al verla caminar con tanta elegancia y sensualidad. Y como casi nunca, ese día no me fijé mucho en lo que me iba a poner. No quería ser el centro, mi única protagonista era la mujer del nuevo Burlesque.

Recuerdo bien. Me senté en “platea”, lo que me hizo sentir sumamente feliz, la iba a tener cerca.  Minutos después, sonó el tercer llamado, la mujer se acercaba, faltaba poco para ver a la muñeca de porcelana. Sonó fuerte y claro el último llamado, al mismo tiempo que las luces se ausentaban del teatro. Agarré fuerte los brazos de la silla que rechinaba al moverme, y un leve sudor frío salía de mi cuerpo.

Para mi sorpresa, no era ella. Era un escritor gay distinguido, del que reconozco varias obras literarias. Probablemente él vaya a ser la entrevista, me dije. Y le comenté al amigo que había invitado a ver el singular Performance.


Cuando el escritor pronunció la primera palabra supe que la entrevista iba a ser aburrida, sentí inseguridad. Lo que se me ocurrió para consolar la porquería de trabajo que estaba realizando él como entrevistador era, de seguro no hay mas nadie que hable italiano.

Comenzó todo y salió ella. La reconocí de inmediato, única y perfecta. Moviendo refinadamente sus caderas, marcando el paso, y sonriendo por la ola de aplausos que la recibieron. Junto a Glow estaba Cessare, el fotógrafo que haría la muestra en vivo. Algo inusual y atractivo para el exigente público que me acompañaba.

Como lo presentía, fue aburrido. Por eso sólo me dediqué a ver a Glow. Cessare me pareció muy simpático, además de que el acento italiano es bastante seductor. Para lo único que sirvieron las preguntas estructuradas y planas que le dieron al entrevistador fue para saber algunos detalles de este arte, porque me imagino que existían personas, como yo, que desconocíamos en lo absoluto sobre el tema. Pero simplemente, no era un diálogo ameno.

Minutos después de “escuchar” la “entrevista” Cessare se levantó de su silla.  Se preparaba para mostrar en vivo el trabajo que hace. Ella también se levantó, y juntos jugaron con la luz y la cámara. Cessare se mostraba incómodo. Era la primera vez que hacía su trabajo frente a un público, pero nunca dejó de mostrar la belleza de Glow.

Después de un tiempo, la diva desapareció del escenario. Me inquieté, pues estaba segura que lo que venía era lo mejor. “Lo mejor se deja para el final”.

Entonces, apareció ella como un ángel. Vestida de plateado, llena de brillantes y luciendo una mirada radiante que iluminaba el teatro Amira de la Rosa. Bailaba, danzaba y yo veía que levitaba. Era un querubín que iba de lado a lado. Un ángel que quitaba una a una las prendas del vestido que llevaba. Quedó semidesnuda, solo cubrió sus pezones y su genital femenino. Me dije entonces, ¡No! No es un ángel, es una mujer, la mujer perfecta.

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