-¡Ves a ordenar tu cuarto, no joda!
-Ah bueno. Ahora... Sólo hay dos cosas encima de la cama, el resto ya lo hice.
-¡Que vayas a ordenar tu puto cuarto! Siempre es lo mismo, no quiero tener que repetir las órdenes que te doy.
-¡Pero si ya está ordenado hey! Lo que me falta es recoger eso que acabo de echar en la cama.
-Coleto, bájale el volumen a ese aparato, nada más sabes es andar metido en internet y escuchando esa música asquerosa.
La vieja mujer de cabellos abundantes salió de la habitación y caminó hacia la sala, de seguro ahí encontraría algo, con lo que para ella, era la representación de autoridad en el hogar, la primera porcelana que vio fue su arma.
¡Está loca! pensaba el joven de más o menos 1.75 de estatura y de piel color canela, que aún conectado a internet, vacilaba en realizar la tarea que se le había encargado, y solo se repetía a sí mismo “Ella no es mi madre, qué demonios se cree”.
Con aquello en su mano, volvió de la nada la mujer apuntando a su objetivo, el chico. Se sentía con capacidad de hacerlo y no tenía miedo. Lo hizo. Pasó al lado de la pantalla del portátil del estudiante, ella sabía cuánto le iba a costar, el joven no tolera que se metan con su herramienta que le costó 2 meses de trabajo, y el sacrificio de sus últimas vacaciones.
¡No vayas a hacerme nada!, dijo ella llevando sus temblorosas manos a la cara, agarrándose fuertemente las mejillas, dejando relucir el miedo que la invadía por aquel acto que para cualquier persona que haya comprado alguna cosa con el sudor de su frente era considerado inhumano. ¡No te me acerques o le digo a tu papá cuando llegue! Fue la última amenaza mencionada por la osada mujer.
Ojos rojos, manos empuñadas, y un ligero olor a venganza. Aquí no importa que sea mujer. Se acercó a ella, posó sus manos sobre el delgado cuello tratando de hundir cada dedo con la fuerza requerida para cortar su respiración. ¡Te odio perra! Exclamaban sus pensamientos, pues sus labios no se movían, más bien se dedicaban a observar la escena.
Gritos se escuchaban desde el interior de la casa, eran los niños, hijos de la mujer, hermanastros del chico. Muchos vecinos dijeron que parecía que los pequeños tuvieran un megáfono incorporado, pues en menos de un minuto todo el barrio estaba enterado del acontecimiento, y por esa misma razón, aquel lugar se llenó. Lograron separar a los combatientes, solo se escuchaban insultos entre ellos. Los espectadores preferían estar en calma.
Cogió su portátil y se fue de aquella casa donde parecía no entenderse con nadie. La policía nunca llegó. En estos casos, al parecer, no es necesario.
Todo volvió a ser como antes. A veces creo que se repite este ciclo de distinta forma, conservando un desenlace semejante, casi siempre todo termina mal.