martes, 11 de octubre de 2011

¿Sí Qué? (3ra parte)

La de los ojos verdes llegó a su oficina, acomodó su cansancio como pudo y descansó su espalda sobre la silla. Suspiró de decepción y ordenó los papeles que había dejado un día antes en el escritorio. La rutina era la misma de todos los días que llevaba el uniforme morado, el que tanto odiaba. 

Buenos días Señorita. Buenos días ¿en qué puedo ayudarle? Disculpe, lo que pasa es que estoy metiendo mi tarjeta en el cajero de afuera, y no la lee. Señor, la tarjeta se debe dejar por tres segundos, ¿lo hizo así? Sí Señorita. Bueno vamos a ver qué pasa. Natasha y el hombre, algo gordo y con canas, caminaron hacia el cajero. Ella tomó la tarjeta y la colocó por tres segundos y efectivamente el cajero leyó la tarjeta. Tome su tarjeta señor–dijo con tono de rabieta–. 

Natasha se sentó de nuevo, pensando en que ese día iba a terminar peor. Sin acabar de acomodar sus nalgas en el sillón, llegó el mismo personaje con cara de torta a pedir ayuda. Señorita, dice que mi contraseña es errónea. Señor ¿Usted se sabe su contraseña? Claro señorita, si es mi cédula. La de ojos verdes nuevamente se levantó y fue hacia el cajero con  él. Tomó su tarjeta y le dijo: Señor, dígame su cédula por favor. 60’468.872. Esa no es su contraseña. Sí es. Bueno, volvamos a intentarlo. Esta vez el terco hombre pronunció los números lentamente y exagerando los gestos de su boca. Está errónea señor, esa no es un contraseña. Vuelva a intentar señorita. Si volvemos a intentar y es incorrecta se bloqueará su cuenta. Inténtelo. Está bien, como usted pida. ¿Y, bueno? ¿Es correcta, cierto? No señor, es errónea, acabó de bloquear su cuenta. ¡No puede ser! Ya vuelvo señor, miraré que puedo hacer. 

La de ojos verdes caminó rápidamente hacia su computadora y después de cinco minutos volvió. 

–Señor, ¿usted está seguro que su contraseña es su número de cédula? 

–Sí señorita, ¿acaso estoy loco o tengo cara? 

–No señor, solo es una pregunta. 

–Me recuerda su número de cédula por favor. 

–60’468.872 

–Es errónea. Le propongo algo. Para estar seguros de que esa sea la contraseña y no otra. Por favor me presta su cédula. 

–Tome señorita– decía quejándose. 

–Mmm. Señor su cédula es 60’ 478.872 

– ¡Ajá! Y ¿Cómo le había dicho yo? 

–468 en vez de 478. Señor no puedo creer que después de tantas décadas aún no sepa su número de cédula. 

Mientras Natasha le daba su tarjeta débito y su cédula, el señor no decía nada, paralizado la quedaba mirando. Permiso –Dijo la de ojos verdes– al tiempo que abría la pesada puerta que estaba en el cajero. 

Caminó hacia su oficina pensando en el hijo que quiso tener con el hombre que la hacía sufrir. Tocó su panza y una lágrima rodó por su mejilla. Recordó el aborto de hace pocos meses. 

Vino a mi mente el día en el que compré las cuatro pastillas, el día de mi desgracia. Fue porque el hombre me obligó, dijo que era lo mejor. Él no podía dañar su reputación, ni dejar de estudiar en una de las mejores universidades de la ciudad. Yo solo lloraba mientras me tomaba dos de ellas empujándolas con un vaso de agua que mas me sabía a veneno, mientras que él colocaba las otras dos en mi útero. Le decía gritando al hombre que lo odiaba. Él lloraba como un bebé al lado mío, mirándome como si sus ojos hablaran, diciéndome con ellos que se arrepentía de ese acto inhumano, gritando con su mirada que era lo correcto. Nunca supe si sus lágrimas eran sinceras o si era una de sus tantas obras de teatro bien montadas. Sólo sé que prácticamente me exigió matar a mi hijo que pudo tener los ojos verdes, igual que yo. 

– ¡¿Qué tienes Natasha? Te veo algo mal! Cuéntame–. El jefe interrumpió los pensamientos de Natasha con un grito de sorpresa. 

–No tranquilo, no pasa nada Señor. 

–Si quiere se va para su casa, allá se reposa y descansa, para que se recupere. De verdad la veo bastante mal. Acaso ¿está enferma? 

– La verdad, sí. Me siento muy mal. 

–Por favor, me hubiera dicho antes, váyase, ni más faltaba. No quiero que esté trabajando en esas condiciones. Váyase, váyase– Insistió el jefe de la chica de ojos verdes. 

Natasha tomó sus cosas y se marchó de ahí. No miró hacia atrás. Salió sin avisarle a nadie, ni siquiera a Laura. Cabeza agacha se retiró de la pocilga de trabajo, dejando olvidado su optimismo y los papeles para pedir el traslado.

domingo, 9 de octubre de 2011

¿Sí Qué? (2da parte)

Amaneció, y el televisor a todo volumen despertó a la de ojos verdes. Sin darse cuenta quien estaba en la casa, se bañó y se puso el uniforme. Le tocaba llevar el morado, el que tanto odiaba. A paso lento fue al paradero de buses, y estando allí sonó su celular, número desconocido.
Aló. ¿Otra vez tú? No me llames más por favor. Colgó. 



Las calles se iban una tras otra. Iba casi volando el bus de Gran Abastos. Entonces, cerré los ojos. Un ratón volaba y me perseguía, yo solo gritaba del desespero, me escondí debajo de la cama y él se acercaba más. Me iba a hacer daño, no era normal que un animal de estos volara. Señorita. ¿Sí, Qué? Me podría dar permiso. Sí, claro señor. Cogí mis auriculares y comencé a escuchar esa canción que me hacía recordarlo y odiarlo cada vez más. 

“Muchas veces me pregunto por qué pasa todo esto, 
Por qué tus mil te quieros siempre se los lleva el viento, 
No entiendo para qué me besas, para qué me llamas, 
Si cuando yo te necesito faltas. 
No sé que buscas y no quiero pensar que es un juego,
Prefiero creer que muchas veces no te queda tiempo,
Para que me respondas y aparezcas en mi día,
En cuerpo y alma y no en mis pensamientos.
Y ahora yo me entero por terceros,
Que cuando estás ausente en realidad estas con él
Que te hace mal, ya no te entiendo.
¿Qué estás buscando de mí?,
Dime que puedo darte que no te haya dado,
No creo merecer todo esto que está pasando,
Que no te vuelva lo que estás dando.
¿Qué estás buscando de mí?,
Dime si te hice mal, dime en que te he fallado,
Yo siempre puse el corazón en cada paso,
No te das cuenta, me estás matando...”


¡Esto es un atraco! Tú, la de ojos verdes dame ese reproductor, y el celular también. Yo no tengo celular. Bueno dame tu plata. Mira no tengo plata (Natasha con sus dedos tapó los billetes de $20.000 que sacó del banco durante el fin de semana). Bueno ábrete de aquí, chofer frene, ábrale la puerta a esta puta y a todas estas escorias sin dinero.La Chica de ojos verdes se bajó nerviosa del bus junto a aquellos desconocidos, por la iglesia San Felipe. Corrió hacia un SAI. ¿Señorita, tiene minutos a Tigo? Sí, dígame el número. 300-111-****. Aló, un momento que le van a hablar.



–Pablo, Me atracaron.

– ¡¿Qué?!

–Bueno, solo se llevaron mi reproductor. Les dije que no tenía celular y me creyeron. Aunque pensándolo bien se los hubiera dado. Así ese idiota no me molestaría más. Me llamó antes de tomar el bus.

–¿Ese man no entiende el desprecio, o qué? ¡Es que jode!

–Lo peor es que yo quiero que me siga jodiendo. Todavía lo quiero.

–No hablemos de eso. No quiero regañarte. ¿Qué harás después del trabajo? 

–Me haré una sesión de fotos en casa de una amiga. 

–Mmm.  Comprendo. 

–Te llamo después, cuídate. 


¿Tienes chicles Adams? Sí, a $200. Deme una caja por favor. La chica le entregaba la caja mientras Natasha le daba las monedas. Muchas gracias. A la orden. 

La de ojos verdes caminó hasta la esquina de la carrera 27 con calle 70 para tomar un taxi. Le cobraron $8.000 a lo que no se pudo negar. Acomodada en el vehículo, con las manos sobre sus piernas, sólo pensaba en lo que aquel hombre le había hecho, olvidándose de lo ocurrido minutos antes. Se bajó del taxi en la carrera 46 con calle 93. 

–Buenos días, Lau. 

–¿Cómo amaneces esposa mía? 

–¡Ay amiga, si te contara! 

–Mierda ¿ahora qué pasó? ­ 

–Me rayó y feo. 

–¿Te puso cachos?– Dijo Laura sorprendida y con sus pequeños ojos bien abiertos. 

–Sí, dicho en otros términos. 

–¿Quién es la vieja? 

–¿Sí, Qué?, me rayó con un man. 

– ¿Acaso él es…? 

–No, él no es bisexual. 

–¿Hey, cómo te metiste con un hombre así?, si es que se le puede decir “hombre”. 

–Nunca pensé que fuera capaz de ir tan lejos. 

–Pero Nata, ¿no y que lo conocías "bien"? 

–No sé ni que pensar de este man ahora. 

–No pienses Nata, ¡actúa! 

–Que fácil decirlo– Dijo, al mismo tiempo que se llenaban sus ojos de lágrimas. 

–Lo único que te pido es que dejes a ese tipo. 

–Amiga, obvio terminamos. Después de eso ¿qué carajos voy a hacer al lado de él?

–Pero no parece que quisieras que las cosas terminaran. 

–Lau, es que yo a veces pienso que lo hizo solo para que yo me ardiera, él sabía que la vecina me iba a decir. 

–Tienes toda la razón, porque ella anda con ese combo. Pero de todas maneras, no es excusa que valga. 

–Amiga, debo ir a mi oficina, hablamos mas tarde


–Está bien, pero trata de no pensar en eso. 

–Más bien trato de no engañarme– Dijo Nata.

¿Sí Qué? (1ra parte)

–¿Sí, Qué?


–Nata es enserio.Te lo juro. ¡Haz algo! ¡sino lo descuartizo yo misma!



Sin pronunciar palabra, la chica de ojos verdes colgó el teléfono y dejó caer tantas lágrimas sobre su rostro que la almohada que abrazaba quedó empapada de tristeza. Sentía que el mundo chocaba sobre su cabeza, y su mente sólo lanzaba preguntas irreflexivas: ¿Qué pasó?, ¿por qué me hizo eso? Cuestionario que jamás iba a tener respuestas que la llenaran. 


Entonces, sonó el teléfono inalámbrico casi dañado, con el mismo ruido molesto al intentar hablar por él, del que se quejaban todos:

–Aló.



–No sé por qué me juzgas. Eres una egoísta, ¿por qué siempre piensas en ti? ¿en mi nunca lo haces, verdad? ¿para qué?


–¡Cállate!, aquí el único egoísta eres tú. Yo era prácticamente tu mujer ¿y ahora me sales con esta huevonada?


– ¡Hijue’ puta Natasha! ¡Me cansé de pensar en ti siempre, y tú no haces nada por recuperar esto!– Decía el hombre gritando.


La chica de ojos verdes pensó dos veces decirlo, pero lo sacó. Se escuchó como un trueno en aquella casa la voz afectada por los cambios de clima a raíz del calentamiento global:


–¡Sí, soy una egoísta! porque solo pienso en ti sabiendo que eres una lacra. Nunca vas a cambiar. Se acabó. ¡A mí no me jodas más la vida!


Colgó ella. Con más rabia aún, y sin lograr asimilar algo que jamás había experimentado. Encendió el computador y el módem para tener acceso a Internet. Sabía que en el Facebook lo podía comprobar (Todos conocen la eficacia informativa de esta herramienta). 


Sonó el típico ruido que avisa cuando alguien te habla por el chat:


–¡Es un pollerón Nata!


–¡Lo odio amiga!


–Me duele ser portadora de malas noticias, pero yo misma los vi con estos ojos de lince. Es más, hasta les tomé foto con mi Blackberry.


–No quiero ver a ese imbécil. ¡Lo odio! Vecina, ¿estás en tu casa?


–Sí, sabes que sí. ¿Por Qué?


–Voy para allá. Quiero ver la foto. No vayas a salir. ¡Ah! cuando toque el timbre sales tú a abrirme. No quiero que tu hermano me vea en estas condiciones.


–Todo bien Nata. Sabes que no hay problema con eso. Aquí te espero, pero no demores. Me estresa esperarte, porque dices "en una hora" y llegas después de pito.


–Dale, no te sulfures– Dijo la de ojos verdes.


Ella corrió hacia el domicilio de su vecina, la que vivía a cinco casas, aunque hablaban más por el Messenger y el Facebook que cara a cara, era su vecina favorita. La amistad cibernética era costumbre de pocos años atrás, algo nuevo. 


Tocó el timbre. El hermano de la vecina favorita vio desde la ventana de su pieza los ojos verdes que toda la vida lo habían hipnotizado, así que corrió a abrirle. 


– ¿Por Qué llorabas? Tienes los párpados muy hinchados.


–Yo no estaba llorando– dijo con la voz quebrada y mirando hacia ningún lado.


–Te conozco Naty.


–No me digas "Naty", sabes que me emputa que lo hagas, suena a sobrenombre de alguien débil.


–No quiero que sufras. Odio verte así.


–No quiero hablar de eso. Odio que te metas en todo.


–Hola amiga– Interrumpió la vecina la incómoda conversación. 


Fingiendo una sonrisa, Natasha preguntó si podía pasar. Al mismo tiempo, Pablo regresaba a su lugar de origen sin dejar de mirar a su musa cada tres segundos. 


–Amiga, mi mamá esta merodeando por aquí, tú sabes como es de chismosa.


– ¿Y entonces? – Preguntó desesperada y agitando sus manos.


–Hablemos mañana por la mañana. Te contaré todo lo que vi con lujo de detalles, ¿dale?


–No joda, ¿Para eso me hiciste venir?– Cuestionó con sus ojos verdes.


–Es que no recordaba el pequeño detalle de “mi mamá”.


–Todo bien. Te quiero mucho amiga.


–Y yo a ti. 


–Gracias por avisarme. Bye.


–Era lo menos que podía hacer– Dijo acariciándole la cabellera negra.


–¡Chao, Natasha!– Se escuchó desde la pieza del hermano de la vecina favorita.


La chica de ojos verdes sólo lo observó con su mirada aguda, queriendo matarlo por tan osado acto.


–Respóndele, no lo trates tan mal ¿qué te ha hecho?


–Chao, Pablo­– Dijo forzando su boca a pronunciar esas palabras.

jueves, 1 de septiembre de 2011

sábado, 6 de agosto de 2011

Carta a nadie

Hola,

No sabía si era prudente mandarte otra vez un escrito, pero lo hice. Muchas veces he sentido la presión de quienes me leen, pues ellos serán los jueces de mi moral. Inevitablemente escribo lo que siento y pienso, o muchas veces lo que vivo. 



Soy muy claro contigo, o por lo menos lo intento. Por eso te cuento estas cosas. Experimento mayores ganas de crear cuando mi vida toma giros drásticos haciéndome ir a los picos más dramáticos de ella. Pero cuando todo es tan plano, tan rutinario, no se que componer. Así que obligo a mi mente a ir a mundos que los infantes conocen mejor que yo, pues sólo distorsionar lo que me toca vivir hace que lleguen ideas locas que luego se comportan y hacen algo probablemente "bueno".

Ayer sentado en el mecedor del balcón, tomando un café a media noche, me cuestioné. ¿Escribir? ¿Por qué lo hace el hombre? ¿Acaso sino lo escribe se le olvidará? ¿Por qué no guardarse la idea y ser egoísta? ¡es mío y nadie me lo quita! Te confieso que me dio mucha ira porque las respuestas que me daba eran tan estúpidas, sin alma.



El ser humano es especialista en hacer daño, y lo que menos quiero es que me estimen por la manera como veo firmamentos que no existen ¡Qué les importa! En el único que confío ahora es en ti. No sé cómo haces que me sienta a gusto cuando lees tantas incoherencias reflexivas. Es la razón por la que siempre leo tus cartas que nunca llegan, y estoy atento a tus comentarios que no escucho.

Hace pocos días una voz me susurró que parecía alguien aislado, que nunca me veía por la calle conversando con alguien, y que sólo salgo a llevar mi carta una vez al mes, el último domingo de él, a la misma hora de siempre. ¡Chismosa voz! ¿cuál es tu interés por
 mis intimidades? No me gusta ser cuestionado. He ahí otra explicación de porqué  te tengo tanto aprecio. No me preguntas, no me criticas, no me comentas nada, ni siquiera contestas mis cartas. Por eso, seguiré enviándote mensualmente una cuartilla de todo lo que pienso del entrometido ser humano, que siempre mete las narices donde no debe.


Gracias, se que puedo contar siempre contigo. Te he cogido mucho aprecio, aunque ni cuerpo creo que tengas.


Tuyo,
Un escritor

lunes, 9 de mayo de 2011

Serios Problemas

Al finalizar la clase siempre me tocaba correr y correr, porque si no lo hacía, mi trasero sufría las consecuencias. 

Una vez le mencioné a mi madre: mis compañeros de la escuela agarran mis “pompis” cuando se acaban las clases, debo correr hasta mi transporte, pero muchas veces ellos me ganan, siempre son alrededor de cinco contra mí, y ya intenté decírselo a la profe pero no me escucha, cree que todo me lo estoy inventando para llamar su atención, pero no es así. A veces no sé ni para que gasto saliva diciendo esto a mamá, sé que me dirá “¿por qué no le dices a tu profesora?” y como lo esperaba, así fue.  Acaso no está escuchando que le dije a la profe y ella no me prestó atención. 

En ocasiones siento que los adultos deberían poner más cuidado a problemas tan serios como cuando algunos niños le agarran el trasero a una niña inocente como yo.

sábado, 7 de mayo de 2011

La mujer perfecta

La miré de lejos por primera vez, y pensé, es sexy, me gusta, y lo mejor de todo, no es físicamente perfecta.


Esa noche soñé que yo era su amiga y que me invitaba a viajar por el mundo dando shows. Mostrando el trabajo que ella me enseñaría a ejercer. Revelandonos a todos los seguidores de este arte.

Llegó el jueves, la gran noche que ansiosa esperaba para ver a Glow otra vez. Y mientras me vestía para el encuentro, pensé porqué ella lograba atrapar mi entera atención. Llegué a la conclusión de que no era humana. En realidad yo no era la única persona que se sentía así al verla caminar con tanta elegancia y sensualidad. Y como casi nunca, ese día no me fijé mucho en lo que me iba a poner. No quería ser el centro, mi única protagonista era la mujer del nuevo Burlesque.

Recuerdo bien. Me senté en “platea”, lo que me hizo sentir sumamente feliz, la iba a tener cerca.  Minutos después, sonó el tercer llamado, la mujer se acercaba, faltaba poco para ver a la muñeca de porcelana. Sonó fuerte y claro el último llamado, al mismo tiempo que las luces se ausentaban del teatro. Agarré fuerte los brazos de la silla que rechinaba al moverme, y un leve sudor frío salía de mi cuerpo.

Para mi sorpresa, no era ella. Era un escritor gay distinguido, del que reconozco varias obras literarias. Probablemente él vaya a ser la entrevista, me dije. Y le comenté al amigo que había invitado a ver el singular Performance.


Cuando el escritor pronunció la primera palabra supe que la entrevista iba a ser aburrida, sentí inseguridad. Lo que se me ocurrió para consolar la porquería de trabajo que estaba realizando él como entrevistador era, de seguro no hay mas nadie que hable italiano.

Comenzó todo y salió ella. La reconocí de inmediato, única y perfecta. Moviendo refinadamente sus caderas, marcando el paso, y sonriendo por la ola de aplausos que la recibieron. Junto a Glow estaba Cessare, el fotógrafo que haría la muestra en vivo. Algo inusual y atractivo para el exigente público que me acompañaba.

Como lo presentía, fue aburrido. Por eso sólo me dediqué a ver a Glow. Cessare me pareció muy simpático, además de que el acento italiano es bastante seductor. Para lo único que sirvieron las preguntas estructuradas y planas que le dieron al entrevistador fue para saber algunos detalles de este arte, porque me imagino que existían personas, como yo, que desconocíamos en lo absoluto sobre el tema. Pero simplemente, no era un diálogo ameno.

Minutos después de “escuchar” la “entrevista” Cessare se levantó de su silla.  Se preparaba para mostrar en vivo el trabajo que hace. Ella también se levantó, y juntos jugaron con la luz y la cámara. Cessare se mostraba incómodo. Era la primera vez que hacía su trabajo frente a un público, pero nunca dejó de mostrar la belleza de Glow.

Después de un tiempo, la diva desapareció del escenario. Me inquieté, pues estaba segura que lo que venía era lo mejor. “Lo mejor se deja para el final”.

Entonces, apareció ella como un ángel. Vestida de plateado, llena de brillantes y luciendo una mirada radiante que iluminaba el teatro Amira de la Rosa. Bailaba, danzaba y yo veía que levitaba. Era un querubín que iba de lado a lado. Un ángel que quitaba una a una las prendas del vestido que llevaba. Quedó semidesnuda, solo cubrió sus pezones y su genital femenino. Me dije entonces, ¡No! No es un ángel, es una mujer, la mujer perfecta.

Ah bueno...

-¡Ves a ordenar tu cuarto, no joda!

-Ah bueno. Ahora... Sólo hay dos cosas encima de la cama, el resto ya lo hice.

-¡Que vayas a ordenar tu puto cuarto! Siempre es lo mismo, no quiero tener que repetir las órdenes que te doy.

-¡Pero si ya está ordenado hey! Lo que me falta es recoger eso que acabo de echar en la cama.

-Coleto, bájale el volumen a ese aparato, nada más sabes es andar metido en internet y escuchando esa música asquerosa.

La vieja mujer de cabellos abundantes salió de la habitación y caminó hacia la sala, de seguro ahí encontraría algo, con lo que para ella, era la representación de autoridad en el hogar, la primera porcelana que vio fue su arma.

¡Está loca! pensaba el joven de más o menos 1.75 de estatura y de piel color canela, que aún conectado a internet, vacilaba en realizar la tarea que se le había encargado, y solo se repetía a sí mismo “Ella no es mi madre, qué demonios se cree”.

Con aquello en su mano, volvió de la nada la mujer apuntando a su objetivo, el chico. Se sentía con capacidad de hacerlo y no tenía miedo. Lo hizo. Pasó al lado de la pantalla del portátil del estudiante, ella sabía cuánto le iba a costar, el joven no tolera que se metan con su herramienta que le costó 2 meses de trabajo, y el sacrificio de sus últimas vacaciones.

¡No vayas a hacerme nada!, dijo ella llevando sus temblorosas manos a la cara, agarrándose fuertemente las mejillas, dejando relucir el miedo que la invadía por aquel acto que para cualquier persona que haya comprado alguna cosa con el sudor de su frente era considerado inhumano. ¡No te me acerques o le digo a tu papá cuando llegue! Fue la última amenaza mencionada por la osada mujer.

Ojos rojos, manos empuñadas, y un ligero olor a venganza. Aquí no importa que sea mujer. Se acercó a ella, posó sus manos sobre el delgado cuello tratando de hundir cada dedo con la fuerza requerida para cortar su respiración. ¡Te odio perra! Exclamaban sus pensamientos, pues sus labios no se movían, más bien se dedicaban a observar la escena.

Gritos se escuchaban desde el interior de la casa, eran los niños, hijos de la mujer, hermanastros del chico. Muchos vecinos dijeron que parecía que los pequeños tuvieran un megáfono incorporado, pues en menos de un minuto todo el barrio estaba enterado del acontecimiento, y por esa misma razón, aquel lugar se llenó. Lograron separar a los combatientes, solo se escuchaban insultos entre ellos. Los espectadores preferían estar en calma.

Cogió su portátil y se fue de aquella casa donde parecía no entenderse con nadie. La policía nunca llegó. En estos casos, al parecer, no es necesario.

Todo volvió a ser como antes. A veces creo que se repite este ciclo de distinta forma, conservando un desenlace semejante, casi siempre todo termina mal.

Soy una Iguana

Una noche estaba ella caminando hacia la casa de Angie, parecía ser una más, normal, nada relevante. Los pasos los daba casi forzados, a ella no le gusta caminar, además de su constante dolor en la rodilla derecha. Estando en la esquina del lugar al que se dirigía, se detuvo. Miró hacia su lado izquierdo, un personaje llamaba la atención de ella. “yo como flores y tú no” fue lo único que escuchó de aquel raro y llamativo galán que arrancaba hermosas flores del arbusto de la esquina donde hacían más atracos en el barrio. Por un momento sintió miedo y aceleró el paso, él tomó el camino contrario al de ella.

– Hola Angie.
– Hola ¿Cómo estás? – Dijo Angie mientras le daba un beso en la mejilla.
– Vi algo raro.
– ¿Qué viste?
– No sé exactamente. Pues, era un hombre…
– ¿Qué tiene eso de raro?
– ¡Pero me dijo “Yo como flores y tú no”!. Arrancó una flor del arbusto de tu esquina y se marchó. Caminaba muy rápido. Parecía loco, pero iba bien vestido.
– Jajajaja ¡qué locura!
– Marica, eso fue muy extraño – Dijo ella mientras se acomodaba en el muro de la Terraza de Angie.
– Seguro fue un loco, no le des mente a esa vaina– Dijo Angie aún riendo.
– ¡Ese es el man! ¡Hiijue’ puta allá viene marica!
– Mmm… Nunca lo había visto por aquí.

Aquel osado hombre de más o menos unos 27 años se detuvo en la casa verde, la de Angie, nos miró y dijo “Yo como flores porque soy una IGUANA”, miró la flor que aún llevaba en sus manos y siguió caminando hacia la esquina opuesta al bello arbusto.

– ¡ves que ese man está loco marica!, hey me largo pa’ mi casa que ya es tarde y mínimo el man ese me persigue o una vaina así.
–Jajajaja, ya vas tú a decir que el loquito bien vestido te va a perseguir.
– Apue’ depronto, tu sabes que yo atraigo ese tipo de cosas Jajajaja.
– Bueno chica, hablamos.
– Dale pues, bye.

El hombre se devolvió y llegó de nuevo adonde ellas estaban y les dijo “yo como flores porque soy una IGUANA”. Tomó la flor que llevaba en manos y sin ningún reparo se la comió, aparentaba disfrutarlo. Él se marchó caminando rápido, parecía competidor de “marcha”. Miré a Angie, estaba en Shock. Aún así, Caminé tan rápido como pude, llegué a mi casa, nadie estaba. Prendí el PC como de costumbre y el modem, sin internet no era nada.

Se me ocurrió y lo hice “Como flores porque soy una Iguana”, ese fue el estado de Facebook más comentado en mi vida cibernética. Surgieron comentarios como: ¿Por Qué comes flores? Con respuestas tan completas como: Porque soy una Iguana . U otras como: ¿Por qué eres una Iguana? Y respuestas como: Porque como flores. Casi nada tenía sentido, aunque bien me han enseñado en una que otra clase de teoría del conocimiento que todo tiene una lógica y un sentido propio. Desde entonces digo llamarme " Iguanita "