martes, 11 de octubre de 2011

¿Sí Qué? (3ra parte)

La de los ojos verdes llegó a su oficina, acomodó su cansancio como pudo y descansó su espalda sobre la silla. Suspiró de decepción y ordenó los papeles que había dejado un día antes en el escritorio. La rutina era la misma de todos los días que llevaba el uniforme morado, el que tanto odiaba. 

Buenos días Señorita. Buenos días ¿en qué puedo ayudarle? Disculpe, lo que pasa es que estoy metiendo mi tarjeta en el cajero de afuera, y no la lee. Señor, la tarjeta se debe dejar por tres segundos, ¿lo hizo así? Sí Señorita. Bueno vamos a ver qué pasa. Natasha y el hombre, algo gordo y con canas, caminaron hacia el cajero. Ella tomó la tarjeta y la colocó por tres segundos y efectivamente el cajero leyó la tarjeta. Tome su tarjeta señor–dijo con tono de rabieta–. 

Natasha se sentó de nuevo, pensando en que ese día iba a terminar peor. Sin acabar de acomodar sus nalgas en el sillón, llegó el mismo personaje con cara de torta a pedir ayuda. Señorita, dice que mi contraseña es errónea. Señor ¿Usted se sabe su contraseña? Claro señorita, si es mi cédula. La de ojos verdes nuevamente se levantó y fue hacia el cajero con  él. Tomó su tarjeta y le dijo: Señor, dígame su cédula por favor. 60’468.872. Esa no es su contraseña. Sí es. Bueno, volvamos a intentarlo. Esta vez el terco hombre pronunció los números lentamente y exagerando los gestos de su boca. Está errónea señor, esa no es un contraseña. Vuelva a intentar señorita. Si volvemos a intentar y es incorrecta se bloqueará su cuenta. Inténtelo. Está bien, como usted pida. ¿Y, bueno? ¿Es correcta, cierto? No señor, es errónea, acabó de bloquear su cuenta. ¡No puede ser! Ya vuelvo señor, miraré que puedo hacer. 

La de ojos verdes caminó rápidamente hacia su computadora y después de cinco minutos volvió. 

–Señor, ¿usted está seguro que su contraseña es su número de cédula? 

–Sí señorita, ¿acaso estoy loco o tengo cara? 

–No señor, solo es una pregunta. 

–Me recuerda su número de cédula por favor. 

–60’468.872 

–Es errónea. Le propongo algo. Para estar seguros de que esa sea la contraseña y no otra. Por favor me presta su cédula. 

–Tome señorita– decía quejándose. 

–Mmm. Señor su cédula es 60’ 478.872 

– ¡Ajá! Y ¿Cómo le había dicho yo? 

–468 en vez de 478. Señor no puedo creer que después de tantas décadas aún no sepa su número de cédula. 

Mientras Natasha le daba su tarjeta débito y su cédula, el señor no decía nada, paralizado la quedaba mirando. Permiso –Dijo la de ojos verdes– al tiempo que abría la pesada puerta que estaba en el cajero. 

Caminó hacia su oficina pensando en el hijo que quiso tener con el hombre que la hacía sufrir. Tocó su panza y una lágrima rodó por su mejilla. Recordó el aborto de hace pocos meses. 

Vino a mi mente el día en el que compré las cuatro pastillas, el día de mi desgracia. Fue porque el hombre me obligó, dijo que era lo mejor. Él no podía dañar su reputación, ni dejar de estudiar en una de las mejores universidades de la ciudad. Yo solo lloraba mientras me tomaba dos de ellas empujándolas con un vaso de agua que mas me sabía a veneno, mientras que él colocaba las otras dos en mi útero. Le decía gritando al hombre que lo odiaba. Él lloraba como un bebé al lado mío, mirándome como si sus ojos hablaran, diciéndome con ellos que se arrepentía de ese acto inhumano, gritando con su mirada que era lo correcto. Nunca supe si sus lágrimas eran sinceras o si era una de sus tantas obras de teatro bien montadas. Sólo sé que prácticamente me exigió matar a mi hijo que pudo tener los ojos verdes, igual que yo. 

– ¡¿Qué tienes Natasha? Te veo algo mal! Cuéntame–. El jefe interrumpió los pensamientos de Natasha con un grito de sorpresa. 

–No tranquilo, no pasa nada Señor. 

–Si quiere se va para su casa, allá se reposa y descansa, para que se recupere. De verdad la veo bastante mal. Acaso ¿está enferma? 

– La verdad, sí. Me siento muy mal. 

–Por favor, me hubiera dicho antes, váyase, ni más faltaba. No quiero que esté trabajando en esas condiciones. Váyase, váyase– Insistió el jefe de la chica de ojos verdes. 

Natasha tomó sus cosas y se marchó de ahí. No miró hacia atrás. Salió sin avisarle a nadie, ni siquiera a Laura. Cabeza agacha se retiró de la pocilga de trabajo, dejando olvidado su optimismo y los papeles para pedir el traslado.

domingo, 9 de octubre de 2011

¿Sí Qué? (2da parte)

Amaneció, y el televisor a todo volumen despertó a la de ojos verdes. Sin darse cuenta quien estaba en la casa, se bañó y se puso el uniforme. Le tocaba llevar el morado, el que tanto odiaba. A paso lento fue al paradero de buses, y estando allí sonó su celular, número desconocido.
Aló. ¿Otra vez tú? No me llames más por favor. Colgó. 



Las calles se iban una tras otra. Iba casi volando el bus de Gran Abastos. Entonces, cerré los ojos. Un ratón volaba y me perseguía, yo solo gritaba del desespero, me escondí debajo de la cama y él se acercaba más. Me iba a hacer daño, no era normal que un animal de estos volara. Señorita. ¿Sí, Qué? Me podría dar permiso. Sí, claro señor. Cogí mis auriculares y comencé a escuchar esa canción que me hacía recordarlo y odiarlo cada vez más. 

“Muchas veces me pregunto por qué pasa todo esto, 
Por qué tus mil te quieros siempre se los lleva el viento, 
No entiendo para qué me besas, para qué me llamas, 
Si cuando yo te necesito faltas. 
No sé que buscas y no quiero pensar que es un juego,
Prefiero creer que muchas veces no te queda tiempo,
Para que me respondas y aparezcas en mi día,
En cuerpo y alma y no en mis pensamientos.
Y ahora yo me entero por terceros,
Que cuando estás ausente en realidad estas con él
Que te hace mal, ya no te entiendo.
¿Qué estás buscando de mí?,
Dime que puedo darte que no te haya dado,
No creo merecer todo esto que está pasando,
Que no te vuelva lo que estás dando.
¿Qué estás buscando de mí?,
Dime si te hice mal, dime en que te he fallado,
Yo siempre puse el corazón en cada paso,
No te das cuenta, me estás matando...”


¡Esto es un atraco! Tú, la de ojos verdes dame ese reproductor, y el celular también. Yo no tengo celular. Bueno dame tu plata. Mira no tengo plata (Natasha con sus dedos tapó los billetes de $20.000 que sacó del banco durante el fin de semana). Bueno ábrete de aquí, chofer frene, ábrale la puerta a esta puta y a todas estas escorias sin dinero.La Chica de ojos verdes se bajó nerviosa del bus junto a aquellos desconocidos, por la iglesia San Felipe. Corrió hacia un SAI. ¿Señorita, tiene minutos a Tigo? Sí, dígame el número. 300-111-****. Aló, un momento que le van a hablar.



–Pablo, Me atracaron.

– ¡¿Qué?!

–Bueno, solo se llevaron mi reproductor. Les dije que no tenía celular y me creyeron. Aunque pensándolo bien se los hubiera dado. Así ese idiota no me molestaría más. Me llamó antes de tomar el bus.

–¿Ese man no entiende el desprecio, o qué? ¡Es que jode!

–Lo peor es que yo quiero que me siga jodiendo. Todavía lo quiero.

–No hablemos de eso. No quiero regañarte. ¿Qué harás después del trabajo? 

–Me haré una sesión de fotos en casa de una amiga. 

–Mmm.  Comprendo. 

–Te llamo después, cuídate. 


¿Tienes chicles Adams? Sí, a $200. Deme una caja por favor. La chica le entregaba la caja mientras Natasha le daba las monedas. Muchas gracias. A la orden. 

La de ojos verdes caminó hasta la esquina de la carrera 27 con calle 70 para tomar un taxi. Le cobraron $8.000 a lo que no se pudo negar. Acomodada en el vehículo, con las manos sobre sus piernas, sólo pensaba en lo que aquel hombre le había hecho, olvidándose de lo ocurrido minutos antes. Se bajó del taxi en la carrera 46 con calle 93. 

–Buenos días, Lau. 

–¿Cómo amaneces esposa mía? 

–¡Ay amiga, si te contara! 

–Mierda ¿ahora qué pasó? ­ 

–Me rayó y feo. 

–¿Te puso cachos?– Dijo Laura sorprendida y con sus pequeños ojos bien abiertos. 

–Sí, dicho en otros términos. 

–¿Quién es la vieja? 

–¿Sí, Qué?, me rayó con un man. 

– ¿Acaso él es…? 

–No, él no es bisexual. 

–¿Hey, cómo te metiste con un hombre así?, si es que se le puede decir “hombre”. 

–Nunca pensé que fuera capaz de ir tan lejos. 

–Pero Nata, ¿no y que lo conocías "bien"? 

–No sé ni que pensar de este man ahora. 

–No pienses Nata, ¡actúa! 

–Que fácil decirlo– Dijo, al mismo tiempo que se llenaban sus ojos de lágrimas. 

–Lo único que te pido es que dejes a ese tipo. 

–Amiga, obvio terminamos. Después de eso ¿qué carajos voy a hacer al lado de él?

–Pero no parece que quisieras que las cosas terminaran. 

–Lau, es que yo a veces pienso que lo hizo solo para que yo me ardiera, él sabía que la vecina me iba a decir. 

–Tienes toda la razón, porque ella anda con ese combo. Pero de todas maneras, no es excusa que valga. 

–Amiga, debo ir a mi oficina, hablamos mas tarde


–Está bien, pero trata de no pensar en eso. 

–Más bien trato de no engañarme– Dijo Nata.

¿Sí Qué? (1ra parte)

–¿Sí, Qué?


–Nata es enserio.Te lo juro. ¡Haz algo! ¡sino lo descuartizo yo misma!



Sin pronunciar palabra, la chica de ojos verdes colgó el teléfono y dejó caer tantas lágrimas sobre su rostro que la almohada que abrazaba quedó empapada de tristeza. Sentía que el mundo chocaba sobre su cabeza, y su mente sólo lanzaba preguntas irreflexivas: ¿Qué pasó?, ¿por qué me hizo eso? Cuestionario que jamás iba a tener respuestas que la llenaran. 


Entonces, sonó el teléfono inalámbrico casi dañado, con el mismo ruido molesto al intentar hablar por él, del que se quejaban todos:

–Aló.



–No sé por qué me juzgas. Eres una egoísta, ¿por qué siempre piensas en ti? ¿en mi nunca lo haces, verdad? ¿para qué?


–¡Cállate!, aquí el único egoísta eres tú. Yo era prácticamente tu mujer ¿y ahora me sales con esta huevonada?


– ¡Hijue’ puta Natasha! ¡Me cansé de pensar en ti siempre, y tú no haces nada por recuperar esto!– Decía el hombre gritando.


La chica de ojos verdes pensó dos veces decirlo, pero lo sacó. Se escuchó como un trueno en aquella casa la voz afectada por los cambios de clima a raíz del calentamiento global:


–¡Sí, soy una egoísta! porque solo pienso en ti sabiendo que eres una lacra. Nunca vas a cambiar. Se acabó. ¡A mí no me jodas más la vida!


Colgó ella. Con más rabia aún, y sin lograr asimilar algo que jamás había experimentado. Encendió el computador y el módem para tener acceso a Internet. Sabía que en el Facebook lo podía comprobar (Todos conocen la eficacia informativa de esta herramienta). 


Sonó el típico ruido que avisa cuando alguien te habla por el chat:


–¡Es un pollerón Nata!


–¡Lo odio amiga!


–Me duele ser portadora de malas noticias, pero yo misma los vi con estos ojos de lince. Es más, hasta les tomé foto con mi Blackberry.


–No quiero ver a ese imbécil. ¡Lo odio! Vecina, ¿estás en tu casa?


–Sí, sabes que sí. ¿Por Qué?


–Voy para allá. Quiero ver la foto. No vayas a salir. ¡Ah! cuando toque el timbre sales tú a abrirme. No quiero que tu hermano me vea en estas condiciones.


–Todo bien Nata. Sabes que no hay problema con eso. Aquí te espero, pero no demores. Me estresa esperarte, porque dices "en una hora" y llegas después de pito.


–Dale, no te sulfures– Dijo la de ojos verdes.


Ella corrió hacia el domicilio de su vecina, la que vivía a cinco casas, aunque hablaban más por el Messenger y el Facebook que cara a cara, era su vecina favorita. La amistad cibernética era costumbre de pocos años atrás, algo nuevo. 


Tocó el timbre. El hermano de la vecina favorita vio desde la ventana de su pieza los ojos verdes que toda la vida lo habían hipnotizado, así que corrió a abrirle. 


– ¿Por Qué llorabas? Tienes los párpados muy hinchados.


–Yo no estaba llorando– dijo con la voz quebrada y mirando hacia ningún lado.


–Te conozco Naty.


–No me digas "Naty", sabes que me emputa que lo hagas, suena a sobrenombre de alguien débil.


–No quiero que sufras. Odio verte así.


–No quiero hablar de eso. Odio que te metas en todo.


–Hola amiga– Interrumpió la vecina la incómoda conversación. 


Fingiendo una sonrisa, Natasha preguntó si podía pasar. Al mismo tiempo, Pablo regresaba a su lugar de origen sin dejar de mirar a su musa cada tres segundos. 


–Amiga, mi mamá esta merodeando por aquí, tú sabes como es de chismosa.


– ¿Y entonces? – Preguntó desesperada y agitando sus manos.


–Hablemos mañana por la mañana. Te contaré todo lo que vi con lujo de detalles, ¿dale?


–No joda, ¿Para eso me hiciste venir?– Cuestionó con sus ojos verdes.


–Es que no recordaba el pequeño detalle de “mi mamá”.


–Todo bien. Te quiero mucho amiga.


–Y yo a ti. 


–Gracias por avisarme. Bye.


–Era lo menos que podía hacer– Dijo acariciándole la cabellera negra.


–¡Chao, Natasha!– Se escuchó desde la pieza del hermano de la vecina favorita.


La chica de ojos verdes sólo lo observó con su mirada aguda, queriendo matarlo por tan osado acto.


–Respóndele, no lo trates tan mal ¿qué te ha hecho?


–Chao, Pablo­– Dijo forzando su boca a pronunciar esas palabras.