La de los ojos verdes llegó a su oficina, acomodó su cansancio como pudo y descansó su espalda sobre la silla. Suspiró de decepción y ordenó los papeles que había dejado un día antes en el escritorio. La rutina era la misma de todos los días que llevaba el uniforme morado, el que tanto odiaba.
Buenos días Señorita. Buenos días ¿en qué puedo ayudarle? Disculpe, lo que pasa es que estoy metiendo mi tarjeta en el cajero de afuera, y no la lee. Señor, la tarjeta se debe dejar por tres segundos, ¿lo hizo así? Sí Señorita. Bueno vamos a ver qué pasa. Natasha y el hombre, algo gordo y con canas, caminaron hacia el cajero. Ella tomó la tarjeta y la colocó por tres segundos y efectivamente el cajero leyó la tarjeta. Tome su tarjeta señor–dijo con tono de rabieta–.
Natasha se sentó de nuevo, pensando en que ese día iba a terminar peor. Sin acabar de acomodar sus nalgas en el sillón, llegó el mismo personaje con cara de torta a pedir ayuda. Señorita, dice que mi contraseña es errónea. Señor ¿Usted se sabe su contraseña? Claro señorita, si es mi cédula. La de ojos verdes nuevamente se levantó y fue hacia el cajero con él. Tomó su tarjeta y le dijo: Señor, dígame su cédula por favor. 60’468.872. Esa no es su contraseña. Sí es. Bueno, volvamos a intentarlo. Esta vez el terco hombre pronunció los números lentamente y exagerando los gestos de su boca. Está errónea señor, esa no es un contraseña. Vuelva a intentar señorita. Si volvemos a intentar y es incorrecta se bloqueará su cuenta. Inténtelo. Está bien, como usted pida. ¿Y, bueno? ¿Es correcta, cierto? No señor, es errónea, acabó de bloquear su cuenta. ¡No puede ser! Ya vuelvo señor, miraré que puedo hacer.
La de ojos verdes caminó rápidamente hacia su computadora y después de cinco minutos volvió.
–Señor, ¿usted está seguro que su contraseña es su número de cédula?
–Sí señorita, ¿acaso estoy loco o tengo cara?
–No señor, solo es una pregunta.
–Me recuerda su número de cédula por favor.
–60’468.872
–Es errónea. Le propongo algo. Para estar seguros de que esa sea la contraseña y no otra. Por favor me presta su cédula.
–Tome señorita– decía quejándose.
–Mmm. Señor su cédula es 60’ 478.872
– ¡Ajá! Y ¿Cómo le había dicho yo?
–468 en vez de 478. Señor no puedo creer que después de tantas décadas aún no sepa su número de cédula.
Mientras Natasha le daba su tarjeta débito y su cédula, el señor no decía nada, paralizado la quedaba mirando. Permiso –Dijo la de ojos verdes– al tiempo que abría la pesada puerta que estaba en el cajero.
Caminó hacia su oficina pensando en el hijo que quiso tener con el hombre que la hacía sufrir. Tocó su panza y una lágrima rodó por su mejilla. Recordó el aborto de hace pocos meses.
Vino a mi mente el día en el que compré las cuatro pastillas, el día de mi desgracia. Fue porque el hombre me obligó, dijo que era lo mejor. Él no podía dañar su reputación, ni dejar de estudiar en una de las mejores universidades de la ciudad. Yo solo lloraba mientras me tomaba dos de ellas empujándolas con un vaso de agua que mas me sabía a veneno, mientras que él colocaba las otras dos en mi útero. Le decía gritando al hombre que lo odiaba. Él lloraba como un bebé al lado mío, mirándome como si sus ojos hablaran, diciéndome con ellos que se arrepentía de ese acto inhumano, gritando con su mirada que era lo correcto. Nunca supe si sus lágrimas eran sinceras o si era una de sus tantas obras de teatro bien montadas. Sólo sé que prácticamente me exigió matar a mi hijo que pudo tener los ojos verdes, igual que yo.
–No tranquilo, no pasa nada Señor.
–Si quiere se va para su casa, allá se reposa y descansa, para que se recupere. De verdad la veo bastante mal. Acaso ¿está enferma?
– La verdad, sí. Me siento muy mal.
–Por favor, me hubiera dicho antes, váyase, ni más faltaba. No quiero que esté trabajando en esas condiciones. Váyase, váyase– Insistió el jefe de la chica de ojos verdes.
Natasha tomó sus cosas y se marchó de ahí. No miró hacia atrás. Salió sin avisarle a nadie, ni siquiera a Laura. Cabeza agacha se retiró de la pocilga de trabajo, dejando olvidado su optimismo y los papeles para pedir el traslado.


