sábado, 6 de agosto de 2011

Carta a nadie

Hola,

No sabía si era prudente mandarte otra vez un escrito, pero lo hice. Muchas veces he sentido la presión de quienes me leen, pues ellos serán los jueces de mi moral. Inevitablemente escribo lo que siento y pienso, o muchas veces lo que vivo. 



Soy muy claro contigo, o por lo menos lo intento. Por eso te cuento estas cosas. Experimento mayores ganas de crear cuando mi vida toma giros drásticos haciéndome ir a los picos más dramáticos de ella. Pero cuando todo es tan plano, tan rutinario, no se que componer. Así que obligo a mi mente a ir a mundos que los infantes conocen mejor que yo, pues sólo distorsionar lo que me toca vivir hace que lleguen ideas locas que luego se comportan y hacen algo probablemente "bueno".

Ayer sentado en el mecedor del balcón, tomando un café a media noche, me cuestioné. ¿Escribir? ¿Por qué lo hace el hombre? ¿Acaso sino lo escribe se le olvidará? ¿Por qué no guardarse la idea y ser egoísta? ¡es mío y nadie me lo quita! Te confieso que me dio mucha ira porque las respuestas que me daba eran tan estúpidas, sin alma.



El ser humano es especialista en hacer daño, y lo que menos quiero es que me estimen por la manera como veo firmamentos que no existen ¡Qué les importa! En el único que confío ahora es en ti. No sé cómo haces que me sienta a gusto cuando lees tantas incoherencias reflexivas. Es la razón por la que siempre leo tus cartas que nunca llegan, y estoy atento a tus comentarios que no escucho.

Hace pocos días una voz me susurró que parecía alguien aislado, que nunca me veía por la calle conversando con alguien, y que sólo salgo a llevar mi carta una vez al mes, el último domingo de él, a la misma hora de siempre. ¡Chismosa voz! ¿cuál es tu interés por
 mis intimidades? No me gusta ser cuestionado. He ahí otra explicación de porqué  te tengo tanto aprecio. No me preguntas, no me criticas, no me comentas nada, ni siquiera contestas mis cartas. Por eso, seguiré enviándote mensualmente una cuartilla de todo lo que pienso del entrometido ser humano, que siempre mete las narices donde no debe.


Gracias, se que puedo contar siempre contigo. Te he cogido mucho aprecio, aunque ni cuerpo creo que tengas.


Tuyo,
Un escritor